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Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -7- (*)

por MarPita
sábado, 07 de noviembre del 2009 a las 12:57

7º. Aparece en capitán

El grupo iba a salir a la carretera cuando le salió al paso un hombre que llevaba gafas y vestía una pelliza de color azul claro y una gorra de piel de cordero. El oficial lanzó una mirada a los que un soldado parecía conducir a la cárcel. Se detuvo bruscamente, examinó a Silja y exclamó:

-¿A dónde diablos lleváis a esta chica?

-A la cárcel por orden del comandante, mi capitán.

-Esperadme aquí -dijo el oficial, entrando rápidamente en la casa del comandante por la puerta grande.

Al cabo de un instante, el comandante apareció en el umbral con la cabeza descubierta y llamó a Silja.

Las caras de Santala y Kierikka se alargaron de sorpresa. Kierikka creyó reconocer a uno de los jóvenes que había acompañado Silja, recordando al mismo tiempo la acogida que les había dispensado su mujer. A ver si aquello iba a traer nuevas complicaciones, lo mismo que el cerdo dado con demasiada facilidad... ¿Por qué demonios había dicho bromeando a los rojos?.

-'Velad por mi granja ahora que os he dado un cerdo.'

En cuanto a Santala, se sentía molesto al comprobar que el oficial se interesaba tan sólo por Silja, de quien conservaba tal vez un buen recuerdo. Y aquella muchacha podía contar cosas...

Silja era la únicca que experimentaba una alegría real, pues había reconocido enseguida en este capitan a uno de los dos desconocidos, el que precisamente había hablado menos.

-Entrad por la otra puerta -dijo el comandante.

*

Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(7) La división en capítulos también es nuestra

Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -6- (*)

por MarPita
viernes, 06 de noviembre del 2009 a las 14:53

6º. El interrogatorio de Kierikka

Silja tenía las mejillas coloradas y srdientes y su mirada brillaba con un resplandor húmedo. Las esperanzas, que no habían dejado de ir en aumento en ella en los últimos tiempos, habían desaparecido bruscamente con los acontecimientos. No podía creer que se encontrara a su amigo en aquel lugar. Todo lo que se atrevía a esperar era que Armas no la contemplara en aquel momento, junto a aquella gente. Creyó ver al fondo su hermosa cabeza y una mano levantada para saludarla; su amigo habría querido correr hacia ella para llevársela a otra parte, hacia un nuevo verano, lejos de aquellos hombres y lejos de senderos, caminos, carreteras... por donde iban carros llenos de cadáveres. No pensaba en los jóvenes a quienes había guiado cierta noche, y era curioso, pues todas esas aventuras se habían inciado entonces. Era debido a que en torno a aquel suceso el ambiente era diferente; la joven había sentido unos efluvios primaverales cuando el soldado la había besado en el umbral del henil. No, no era posible evocar aquí aquel recuerdo.

Con todo, Silja encontró a uno de los jóvenes.

El comandante, que era uno de los peces gordos de la comarca, no consiguió poner en claro lo que se achacaba a Kierikka y a su sirvienta. Carecía de tiempo para proceder a una investigación minuciosa. Estaba seguro de la inocencia de Kierikka; un viejo campesino como él no era posible que hubiese mantenido relaciones con los rojos que merecireran un arresto. El comandante reprendió con viveza a Santala, al hablar este del cerdo enviado por Kierikka al Estado Mayor rojo.

-Tu también has dado un toro; pero tú podías hacerlo, por lo visto -replicó Kierikka.

-Si, pero yo tuve que ceder ante las bayonetas.

-Lo mismo da.

-Kierikka puede regresar a su casa; llevad a la muchacha al cuerpo de guardia -ordenó en comandante a un soldado.

-Yo me encargo de llevarla -dijo Santala.

-¡Cállese usted! -gritó el comandante.

*

Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(6) La división en capítulos también es nuestra

Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -5- (*)

por MarPita
jueves, 05 de noviembre del 2009 a las 13:06

5º. Dejando un rastro de sangre

Los trineos pasaron por delante de la cárcel; en la parte de atrás existía un bosquecillo, donde se fusilaba a los condenados por la noche y aun en pleno día. Más allá vieron a un campesino que iba con una carreta de ramas de abeto. Como el sendero se encontraba en pleno deshielo, los trineos no pudieron adelantarle. No llevaba unicamente ramas de abeto: el carro iba dejando un rastro de sangre. Al percibirla, Silja se dio cuenta de todo, pues había visto salir el carro del bosquecillo detrás de la cárcel. Se negó, no obstante, a aceptar en su conciencia lo que veían sus ojos. Por entre las ramas creyó percibir un vestido de mujer... El carretero era un pobre arrendatario llamado Taavetti, trabajador y sobrio a quien querían todos los propietarios porque no se metía en política.

Silja no pudo continuar por más tiempo en su estado de semiinconsciencia. Santala, que había bajado del trineo y marchaba al lado del carretero, explicaba en voz alta el contenido de la carga, según lo que le había contado Taavetti.

-¡Ven a ver a tu antigua amiga, Silja! La Rinne se halla camino del eden. Y este, ¿quién es Taavetti?

-Kivilahde -respondió este.

-¡Toma! Ese zorro ya no volverá a robarme mis bueyes.

Kierikka se sintió mal pero guardó silencio, limitándose a toser un poco. Los soldados parecían también incomodados y pegaban a los caballos.

En casa del comandante había mucha gente haciendo cola en el vestíbulo. Las caras reflejaban inquietud y cada uno juzgaba su caso muy importante y urgente. Los asuntos que les llevaban allí eran de lo más variado: un propietario acudía para defender a su aparcero; una mujer preguntaba si se había encontrado un bulto de ropa que los rojos le habían quitado... Junto a la puerta había un soldado con su fusil y una granada colgando de un cinturón; había combatido con los blancos y regresaba satisfecho a su casa. Sus conocidos le hablaban con una respetuosa admiración.

Kierikka entró con su sirvienta y Santala, y se sintió molesto y no pudo contenerse cuando un vecino le preguntó a qué iba allí.

-No sé nada; se trata de un lío de este maldito Santala.

*

Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(5) La división en capítulos también es nuestra

Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -4- (*)

por MarPita
martes, 03 de noviembre del 2009 a las 16:19

4º. Camino del Cuartel

-¡Ah, Silja! Ven con nosotros al pueblo para que hablemos un poco de tus amigos -vociferó Santala con voz chillona.

-No hay inconveniente, si mi ama lo permite. Tengo conocidos entre los blancos.

-Nada de bromas, bien sabes quienes son tus amigos, pues los has llevado a casa de Rinne.

Los soldados acabaron por cansarse de aquella guerra verbal. Se habían dado cuenta de que en el celo de Santala había algo equívoco, y que el asunto no se presentaba nada claro. Así, pues, ordenaron a Silja y a Kierikka que los siguieran. El último enganchó su caballo, y la moza y un soldado se sentaron a su lado en el trineo. Santala guiaba el suyo, en el que subió el otro soldado.

-Si te encontraras con los dos señores que acompañaste, ¡valiente chasco que se llevaría Santala! -gritó el ama mientras el vehículo se alejaba.

Cállese! -dijo uno de los soldados a la mujer, quien se apresuró a entrar en su casa.

Por el camino, el soldado que iba junto a él le habló a Kierikka de la siguiente manera:

-¿Sabe en donde se encuentra ese Teliniemi?

Era algo raro escuchar a un soldado llegado de lugares tan lejanos informarse de aquella manera de un aparcero pobre al que jamás había visto.

-No sé nada; se habrá marchado con los otros.

Lucía un sol espléndido; el día era hermoso y cálido. La nieve se derretía con gran facilidad. Según avanzaban el sendero se hallaba en peor estado. No tardaron en ver unas carretas. A cada rato se cruzaban con patrullas de soldados y guardias blancos, a los que Santala preguntaba:

-¿Habéis descubierto rojos? Nosotros los hemos encontrado de color de rosa.

*

Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(4) La división en capítulos también es nuestra

Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -3- (*)

por MarPita
lunes, 02 de noviembre del 2009 a las 16:09

3º. El turbio Santanla

Santala debía de haber tenido relaciones íntimas con Kurkela, pues trabajaba con ahinco por poner en claro su asesinato. Había oído decir que era probable que Silja acompañara a los asesinos, habladuría tanto más tonta cuando todo el mundo sabía que quien los acompañó fue Teliniemi, y este, siendo del país, no necesitaba guías. Santala llegó a Kierikka reclamando a Silja con una voz de mando que había adoptado por esos días.

-¿Qué quieres de ella? -preguntó el dueño de Kierikka.

-Quisiera saber por qué ha acompañado a los asesinos de Kurkela -dijo Santala.

-No es cierto que les haya acompañado -contestó bruscamente el de Kierikka, el cual, aunque no era rico, pertenecía a una familia respetable y se acordaba de ello y parecía manifestarlo en la voz cuando se dirigía a Santala.

-Se sabe lo que se sabe -habló Santala con gesto suficiente y levantando los ojos-. Estaba en casa de Rennie aquella noche.

-Es verdad y estuvo a punto de ser encerrada por haber acompañado a dos soldados blancos.

-Quería llevarlos a casa de Rennie para que los asesinaran. ¿Crees que no se sabe a dónde les dijiste tú que les llevaran? Y diste además una vaca al Estado Mayor para que protegieran tu granja..., no, un cerdo.

Kierikka hizo entonces groseras alusiones al pasado de Santala, y su mujer continuó en el mismo tono, dirigiéndose a los soldados.

-Os daría vergüenza ir con este individuo si supieráis quién es; pero, claro, como no sois de aquí... Son cosas demasiado turbias para ensuciarme la boca contándolas... Demasiado conocemos todos a este tunante...

-Ciera el pico, arpía, pues de lo contrario te meto una bala en la cabeza -gritó Santala un tanto desconcertado.

-No de tu fusil en todo caso -se le enfrentó la mujer, que se puso a enumerar todas las maldades de Santala.

Pero la llegada de Silja cortó en seco aquel torrente de palabras.

*

Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(3) La división en capítulos también es nuestra

Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -2- (*)

por MarPita
domingo, 01 de noviembre del 2009 a las 16:24

2º. Con brazalete y fusil

Más tarde Silja tuvo una aventura que le recordó algo aquella otra de hacía siete semanas, cuando guió a dos desconocidos. El pueblo no permaneció por mucho tiempo en aquel estado angustioso de paz durante el cual no se oyeron disparos ni visto fusiles. Las avanzadas blancas llegaron pronto al hogar de Rinnie, donde acudieron sin tardanza los propietarios más importantes, para explicar la situación en la que se hallaban y quejarse de las requisas rojas y de paso delatar a los líderes de la comarca, señalar sus domicilios y, si lo sabían, apuntar con el dedo el sitio donde se ocultaban. Sin embargo los soldados no prestaban atención a las quejas solo querían saber de los asesinatos cometidos por los rojos. Si se les señalaba a una mujer como peligrosa agitadora, acudían los soldados a buscarla. La esposa de Rennie, que huyó con su hombre, fue detenida cuando volvió a su casa.

En cuanto se comentó la muerte de Kurkela, alguien declaró que Teliniemi había acompañado a los asesinos. También hablaban de una tal Silja, que era una criada en Kierikka, como probable guía, pues había pasado la noche en el Estado Mayor, de donde salió por la mañana temprano con un rojo notable. De modo que, inmediatamente, se llevó a cabo un registro en la casa de Teliniemi, y esos mismos se fueron luego a Kierikka, donde ya habia algunos blancos.

Muchos campesinos que durante la revuelta obrera habían estado pacíficos e incluso habían invitado a los jefes rojos, se transformaron, de improviso, en fervorosos y decididos 'saneadores' de la tierra.

Provistos de un brazalete y con fusil al hombro, iban en grupos de dos o tres, o en compañía de los soldados, para inspeccionar las aparcerías y las granjas. Así fue como Santala, el propietario de la granja hacia donde se había dirigido Silja y Manta cuando partieron de Siiveri, se ocupó con ardor de limpiar la vecindad, pese a sus turbios antecedentes judiciales, con dos soldados de cara cetrina.

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Tomado de la novela de Frans Eemil Sillampää, 'Silja')

(*) El título se lo hemos puesto nosotros

(2) La división en capítulos también es nuestra

Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -1- (*)

por MarPita
sábado, 31 de octubre del 2009 a las 20:47

Frans Eemil Sillampää: Un corte limpio en la yugular -1- (*)

1º. Teliniemi (1)

Al atardecer de un día, cuando no hacía mucho que un grupo de rojos había pasado por la granja a pedir un caballo, esa misma tarde que Kierika sacó la conclusión de que los asuntos no iban bien para los rebeldes, Silja se hallaba en un prado que estaba al norte de la granja. Movida por el instinto se fue por el camino adelante. Y al poco oyó unos pasos y a continuación vio a un hombre en el recodo de la carretera. La chica se detuvo para después reanundar su camino algunos metros.

-¿Eres Silja? -preguntó una voz que le pareció conocida. Un hombre se acercaba hacia ella deprisa y acezando.

-El frente se ha roto... Los rojos huyen... Los blancos no dan cuartel. No puedo marcharme, porque todo anda mal en mi casa... Cuando pasen los primeros momentos podré, espero, salvar mi vida... Necesito mientras tanto ocultarme por un tiempo cerca de mi casa... Si me encuentran estoy perdido, pues yo fui quien acompañó a los que mataron a Kurkela. Yo no intervine en ello, tu eres testigo... pues me viste volver... Escucha, Silja, voy a esconderme en el henil de Kierikka... avisa a mi mujer que me lleve a escondidas pan y leche... ¿Lo harás?... Si salgo vivo de aquí me acordaré de ti toda mi vida. Ahora, vete. Podrán notar tu ausencia...

Muy asustado Teliniemi, antes tan jovial, se fue mirando a todas partes.

Después de aquella noche en la cual los rojos huyeron, pasó todo un día en que no hubo en el pueblo ni rojos ni blancos. Y los habitantes del pueblo tuvieron más miedo. Nadie osaba salir de casa. Aunque se vio a la viuda de Kurkela ir en un vehículo a la aldea, vestida de negro, toda de negro, y con una mirada de odio contenido en el rostro. 'Deseo ver a los blancos inmediatamente para narrarles el asesinato y todas las tropelías de los rojos'. El ama de Kierikka la vio pasar y experimentó una vaga sensación repulsiva por aquella hembra que parecía de otra clase que ella.

Silja observó también el paso de la propietaria de Kurkela; y sin decir nada a nadie fue a llevar el recado a la mujer de Teliniemi. En la cabaña estaba todo muy mal, tal y como había dicho el marido. Emma se encontraba en visperas de parir y uno de sus vástagos tenía tos ferina; dio las gracias a Silja por el favor que le había hecho.

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(*) El título es nuestro

(1) La división en capítulos también es nuestra

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(Tomado de la novela 'Silja' de Frans Eemil Sillampää, Premio Nobel de Finlandia

Francisco Arteaga: En Totogalpa

por MarPita
viernes, 30 de octubre del 2009 a las 12:02

Francisco Arteaga: En Totogalpa

*

Cuando cae la noche en Totogalpa

parece que se despide el último tornasol

y los grillos

anuncian la noche.

Sentada, taciturna

la Juana comienza su descanso.

Cuando cae la noche

los pájaros buscan sus nidos,

las nubes despejan el cielo

y dejan que las estrellas brillen.

Cuando cae la noche

la luz artificial alumbra la calle

y en las montañas oscuras parece que descansa el viento.

Cuando cae la noche

mis ojos empiezan a dormir.

/

Taller de Poesía de Ocotal

/

Poesía Libre. Revista de Poesía. Ministerio de Cultura, Managua (Nicaragua) Años IV. Número 10, enero de 1984.

Responsable: Julio Valle-Castillo

Consejo Editorial:

Carlos Calero (Monimbó); Juan Ramón Falcón (Condega); Marvin Ríos (Niquinohomo); Cony Pacheco (Subtiava); Gonzalo Martínez (Bluefields); Gerardo Gadea (Ejército Popular Sandinista)

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